Para el ciclismo, este dominio es a la vez una bendición y una maldición. Es una bendición porque una superestrella que eclipsa todo a su alrededor, un talento generacional, un cazador de récords que antes parecían inalcanzables, resulta fácil de promocionar. Más aún cuando se trata de alguien tan simpático como Pogacar. Tanto en la victoria como en la derrota, siempre está a la altura.
Pero también es una maldición, porque no solo el desenlace de la Vuelta a Flandes era prácticamente previsible. Esta vez, ya ha sido un alivio que Pogacar solo haya dejado atrás a su último rival, Mathieu van der Poel, a 18 km de la meta, manteniendo al menos hasta ese momento la ilusión de suspense.
En camino de ser el más grande de la historia
Y no son solo las clásicas. También en la Vuelta a Francia, Pogacar –más allá de sus valiosos gregarios– no encuentra un rival a su altura. La rebeldía de dos años de Jonas Vingegaard ya parece lejana. En resumen, cuando Pogacar está en la salida de una carrera, casi siempre hay espectáculo y rara vez sorpresas.
El extraterrestre con pasaporte esloveno está cada vez más cerca de convertirse en el ciclista más grande de todos los tiempos, listo para superar incluso al legendario Eddy Merckx. Y sí, para los aficionados al ciclismo es un privilegio vivir esta época, aunque a veces también puede resultar bastante aburrido.
