Más allá de que la carrera no empezara en hora, con un amago infructuoso a los 40 minutos, lo cierto es que fue un caos absoluto: lo que le ocurría a Max Verstappen y a Lewis Hamilton, incapaces de acelerar con normalidad, era un buen presagio de lo que se avecinaba. Los problemas de software lastraron a todos los coches en la primera sesión en mojado del año. Al rato, la pista se secó a una velocidad endiablada y los semáforos se pusieron en verde una vez pasada la hora y media.
Los Mercedes optaron por neumáticos medios y parecían ser los grandes triunfadores, ya que se pusieron en cabeza y se distanciaron de aquellos que se decantaron por los secos, quienes se vieron tentados a cambiar. En este último grupo estaba Alonso, segundo clasificado de ese particular club. Por contra, Carlos Sainz disfrutaba provisionalmente de una coyuntura muy favorable, pues era provisionalmente sexto. Como en los viejos tiempos...
Golpe a Sainz
La situación cambió radicalmente: pasaba el tiempo y el asfalto era más faborable para aquellos que al principio parecían castigados, lo que impulsó a un Verstappen cada vez más cerca de Antonelli. En plena ofensiva, el coche de seguridad tenía que intervenir porque Checo se fue a la escapatoria. Vaya regalo para todos los que buscaban el momento ideal para cambiar sus gomas; ahora, gracias a este hecho, podían hacerlo sin pagar un peaje en forma de tiempo.
Tras la reanudación, Bortoleto lastró a Sainz y provocó una bandera amarilla por un trozo de fibra de carbono que andaba suelto y que podía comprometer a los corredores. El brasileño recibió una sanción de 10 segundos y prácticamente se despidió de cualquier opción de sumar puntos. Entretanto, Hamilton escalaba posiciones y Max se distanciaba del actual líder del Mundial gracias a su mayor ritmo de carrera. Para colmo, Kimi cometió un error y perdió su ventaja sobre Russell.
Alonso, rey de las causas perdidas
Entre las vueltas 30 y 35, muchos acudieron a boxes. Esas paradas situaron por momentos a Fernando en el noveno puesto y la opción de acabar en el top 10 era cada vez más real. Después de haber sido 12º en la sesión clasificatoria, a un par de pasos de algo que bien puede parecerse al cielo, ahora estaba ya a las puertas del mismo tras deshacerse con suma facilidad de Esteban Ocon. Y luego, con maestría, dejó atrás a un resignado Arvid Lindblad.
El safety car volvió a escena tras un contratiempo técnico de Alex Albon y tardó bastante en abandonar. El asturiano, sin embargo, conservaba ese tesoro que tenía en forma de 10º puesto, con un premio asociado -un punto- que para algunos sería una pedrea y que para el de Aston Martin es el gordo de la Navidad. Y no quedó ahí la cosa, ya que se impulsó a la octava posición después de que Russell se quedara parado y Norris se fuera largo en lo que fue un error poco común.
En la batalla por el bronce, Hamilton se convirtió en el triunfador tras rebasar a un Hadjar también adelantado por Leclerc. A falta de cuatro vueltas, las restricciones desaparecieron y la recta final se transformó en una especie de miniesprint que le daba un extra de emoción a la cita. El vigente campeón del mundo inició la remontada y amenazó al ovetense, quien aguantó de forma heroica las acometidas de un Norris que tenía poco que perder.
